lunes, 31 de diciembre de 2012

NO LO LLAMES AMOR

Relato presentado el pasado 30 de Noviembre al I Concurso de Relato Breve convocado por la Biblioteca Municipal de Rincón de La Victoria. Como no ha resultado ganador, he decidido compartirlo con todos vosotros. Espero que lo disfruten tanto, como yo disfruté al escribirlo. 




-Ya era hora de que llegaras! Estoy que me muero de hambre. Podrías haberte tardado más en comprar dos putas baguettes. Mira si eres huevón…
Con estas dulces palabras Diego Sánchez, agente comercial de seguros, varón de 35 años, recibía la cariñosa bienvenida de su señora esposa, al regresar de comprar el pan para preparar el agradable, para él, no tanto para ella, desayuno de cada sábado.
Nada más cerrar la puerta del coqueto piso de dos dormitorios en el que vivía con su esposa desde hacía más de cinco años, en pleno Centro Histórico de Málaga, la pesadumbre y un profundo sentimiento de culpa se apoderaron de Diego, haciéndole creer, una vez más, que era un completo desastre. A pesar de ello, dejó las llaves colgadas en el cajetín del recibidor, y se decidió a entrar en la cocina donde le esperaba Eva León, intentando esbozar la mejor de las sonrisas que podía dibujar en su rostro. El aroma a café recién hecho le ayudó a mirar a Eva, con la misma mirada de aquel hombre que, un día, prometió a su novia amor eterno.
-Cariño, la panadería estaba hasta la bandera y han tardado más de lo normal en atenderme. Ni que regalasen el pan, que por cierto cada vez está más caro. En fin, no tendré más remedio que afinar la silueta. Y tras una sonora carcajada propia de un corpachón cuajado de buenismo, procedió a preparar las rebanadas de pan para que se tostaran en el grill.
No era un sábado como otro cualquiera. Y tanto que no lo era. A las diez de la mañana, el simpar jefe de Diego, un tipo mediocre que alimentaba su crueldad, humillando a sus subordinados, había citado a su equipo de comerciales en la jefatura de zona, con la única intención de fastidiarles el inicio del fin de semana, a sus, cada día, más frustrados compañeros de trabajo. Sí, los subordinados, en una empresa, son compañeros, y no empleados. Como algunos ineptos aún acostumbran a decir cuando se están refiriendo a aquellos profesionales que trabajan en los equipos que dirigen, bajo su supervisión, control y seguimiento. Creerán los muy incapaces que las empresas son suyas por el mero hecho de ocupar un puesto ejecutivo. En el que hoy estás, y mañana puede que no estés.
-Eres un desastre desde que te parió tu madre y se ha acabado!. Anda, prepárame esa tostada llena de calorías, con la que tanto te gusta flagelarme. Tú sigue tentándome la boca con aquello que no debo comer…
Como Diego debía estar a las diez de la mañana en la entreplanta del número 10 de calle Cristo de la Epidemia, tuvo que apurar el desayuno de pie, en poco más de diez minutos, pues la hora de salida de casa para no perder la virtud de la puntualidad, se le venía encima sin darle cuartel. Su reloj digital de pulsera, regalo de Reyes de su padre, sonó para avisarle de que las nueve y media en punto de la mañana, era ya una realidad en su muñeca, lo cual le obligaba a poner pies en polvorosa para llegar a tiempo a la fastidiosa reunión de trabajo, que su jefe le había puesto en la agenda, la mañana de la víspera.
Besó a su mujer en los labios como si fuera la vez primera, o quizás como si supiera que nunca más volvería a verla. Tomó su maletín de piel color beige que su madre le compró para celebrar la firma de su contrato laboral, con carácter indefinido, como agente de seguros en una de las principales compañías españolas del gremio, y abrió la puerta de su casa tras enfundarse el abrigo negro de paño que tan elegante porte le daba a su figura. Mientras esperaba la llegada del ascensor, pensó que debía darle gracias a la vida, por lo bien que le trataba. Tenía salud, un buen puesto de trabajo, un sueldo aceptable para los tiempos que corrían, y la dicha de tener a su lado, a la mujer que le había enseñado lo que el verdadero amor significaba.
Nada más quedarse sola en casa, Eva no dudó un ápice en coger el teléfono inalámbrico, y tras unos segundos de vacilación, por fin se decidió, empujada por el deseo que le despertaba la morbosa fantasía, a marcar el número de su compañero del gimnasio, Toni. Había llegado la hora de que aquello con lo que tanto llevaba fantaseando durante tres meses, por fin se hiciera realidad. La tarde en que lo vio entrar por las puertas de su centro de trabajo, para comenzar a impartir clases como monitor de spinning y body-combat, se juró a sí misma que, más pronto que tarde, aquel cuerpo de Adonis yacería entre sus muslos. Una oleada de deseo recorrió todo su cuerpo de punta a cabo, justo en el instante que escuchó, cómo el número de móvil de su compañero recibía el primer tono de llamada.
-Toni? Hola, qué tal, soy Eva. Oye, que como voy a estar sola en casa hasta cerca de las dos de la tarde, pues que tenemos tiempo suficiente para que, tranquilamente, me enseñes ese video sobre pilates del que me hablaste el miércoles, para mi clase del lunes por la tarde. Ok, ok…Calle Carretería, nº39 2ºC. Gracias, guapo. Un beso. Adiós, adiós.
Debido a las circunstancias que nos rodean, cuya incidencia sobre nuestras vidas no podemos controlar, el antojo de la Diosa Fortuna quiso que, aquella preciosa mañana de otoño que bañaba de tibia luz las calles de Málaga, las dichosas circunstancias ya referidas, se tornaran en contra del bueno de Diego.
Cuando tan solo llevaba transcurrida una hora de reunión, de repente, su jefe se sintió indispuesto por algo que cenó en mal estado la noche anterior, y no le quedó más remedio que dar por concluida la cita con sus “empleados”. Suspendido el despacho con su superior a las once, como hombre detallista que era, a Diego se le ocurrió acercarse a la Floristería Galán, de Calle La Victoria, para comprarle a su amada, un lindo ramo de rosas, con el que a buen seguro, la sorprendería y le alegraría el sábado. Curiosamente, en esa misma floristería, le compró a su mujer el primer ramo de rosas rojas con el que quiso agasajarla para celebrar su primer aniversario como novios. Y ahí iba nuestro protagonista, bajando por La Victoria dirección Plaza de la Merced, tan henchido de felicidad que no cabía en sí de gozo. La sonrisa que afloraba por la comisura de sus labios y su determinado paso al caminar, así lo atestiguaban.
Al entrar en el portal con el ramo en una mano y el maletín en la otra,  Diego se topó con su vecino Manolo. Más próximo a la cincuentena que a la cuarentena, no dudó en hacerle la fiesta a su vecino, ya que esa noche se emitía por televisión y en abierto a las diez de la noche, por enésima vez, el partido del siglo que cada año juegan dos veces a lo largo de la temporada de liga, los dos grandes clubes del futbol español.
-Diego, no me digas que te ha tocado pringar un sábado por la mañana. Oye, pásate esta noche por casa para ver el partidazo. Voy a por unas cosillas de las que nos pirran para aliñarlo. Qué?, te apuntas?, le espetó su vecino.
- Gracias, vecino pero no puedo. Toca la cena de rigor de cada mes en casa de mi hermano, para restregarnos que su vida es maravillosa, que son inmensamente felices y que comen perdices un día sí y el otro también. No se aburren de tanto fanfarronear..., le dijo Diego a su vecino, desahogándose en cada palabra que pronunciaba.
-Tú lo que tienes que hacer es, nada más llegar, empezar a anestesiarte etílicamente y problema solucionado. Me marcho, nos vemos. Ciao!. Manolo se esfumó camino del supermercado de la esquina, para avituallarse de jamón de bellota y buen rioja, de cara al partidazo que esa noche se iba a meter entre pecho y espalda.
Con todo el sigilo del que pudo hacer acopio, Diego hizo girar la cerradura de su puerta con un suave golpe de muñeca. Ni un inaudible decibelio de ruido quería hacer para que la sorpresa fuera perfecta. Para lograr tal fin, se descalzó en el recibidor extrañándose por encontrar colgada en el perchero, una cazadora de hombre que no le sonaba de nada. La luz de la cocina que quedaba a mano izquierda, se encontraba apagada. Luego, pensó que, a la hora que era y como Eva tenía mucha ropa que planchar, posiblemente se encontraría faenando en el dormitorio que tenían como cajón desastre. Al dar el primer paso para entrar en el pasillo, Diego escuchó un tímido gemido casi imperceptible. Pero gemir, escuchó gemir. No había duda. Descompuesto, desconcertado y esforzándose por no temer lo peor, avanzó hacia el dormitorio principal sin que sus pisadas apenas retumbaran sobre el frío suelo de mármol.
Una vez en el umbral de la puerta del dormitorio principal, Diego se encontró con una escena que jamás habría imaginado. Estupefacto, con la garganta empezándosele a secar por la impresión, y el corazón iniciando un latir desbocado, dejó caer el ramo, liberándolo de la temblorosa mano de un marido ultrajado.
En la cama de matrimonio estaban Eva y Toni. Haciendo el amor con alocada y febril pasión, ella a horcajadas sobre él, batiendo su cuerpo con frenética cadencia, se mesaba los cabellos mientras Toni, agarrándole los glúteos, le mordisqueaba y succionaba sus hermosos y puntiagudos pezones de Venus del Sexo. Sensual coreografía que tornó a su fin cuando a los dos amantes les interrumpió su carnal lujuria, la primera palabra que manó de los desdichados labios de Diego cuando, pasados unos segundos, rompió a hablar.
Dirigiéndose en primer lugar al amante de su mujer, con una frialdad y  una serenidad en el habla que erizaban el vello, el cornudo marido sentenció:
-Tú, bastardo, fuera de mi cama. Corre, eso, corre. Cabrón, hijo de puta…
Al oír la primera sílaba del escueto pero firme y serio discurso de Diego, el pichabrava de Toni, sin decir ni esta boca es mía, se esfumó del piso medio desnudo y en cuestión de segundos.
Eva no salía de su asombro. No se explicaba cómo había podido pillarla, si le dijo que no llegaría a casa hasta la una y media de la tarde, como muy pronto. En el rostro de ella surgió una expresión de ira, y una mirada de odio comenzó a dibujársele en la cara. Sus inspiraciones empezaron a hiperventilar sus pulmones. Estaba a punto de estallar… Diego, después de echar al intruso de su alcoba, quiso dirigirse a su mujer con los ojos arrasados de lágrimas. Pero no pudo, pues Eva estalló, y con dedo índice acusador, le vociferó:
-Basta ya de llorar, joder!!!!Qué me has pillado follando?! Y qué?!. Eso es precisamente lo que llevo años sin hacer, y ya era de que le diera una alegría a este pedazo de cuerpo! Tú tienes la culpa! Porque eres un pésimo amante. Con 34 años se me había olvidado lo que era un orgasmo hasta hace veinte minutos. Menos mal que Toni me ha refrescado la memoria….Eh, vuelve aquí! Se puede saber dónde vas?!.
No había terminado Eva de hablar, cuando Diego, tras girar ciento ochenta grados, se dispuso a enfilar el pasillo con el rostro desencajado y la mirada perdida, siendo su cara presa de un demencial temblor que empezaba a dominar sus labios. Enjugándose las lágrimas con los puños de su jersey avanzó con decidida determinación hacia el cuarto del ordenador, antes mencionado como cajón desastre, y desempolvó una pequeña caja fuerte que tenía escondida en la parte más recóndita del armario. De ella sacó una pequeña pistola, que guardaba tres balas en el tambor. Eva desconcertada ante la reacción de su marido, se levantó de la cama, se puso el batín de seda de las noches especiales que brillaban por su ausencia, y cuando se disponía a salir del dormitorio, Diego irrumpió en la habitación, y a bocajarro le disparó dos tiros que le destrozaron los pulmones. La asfixia inició su lento suplicio, y Eva sentía que la vida se le escapaba y que nada podía hacer para retenerla.
Agonizando bañada en sangre, Diego, con la pistola aún humeante en la mano derecha, se llevó su temblorosa siniestra a la boca, horrorizado por la barbaridad que acababa de cometer. Al desplomarse Eva después de haberse caído de rodillas lentamente, mientras el ahogo le hacía llevarse desesperadamente las manos al pecho, de inmediato Diego se agachó y, rápidamente, le acomodó el fláccido cuello en su mano izquierda al tiempo que le apoyaba la espalda sobre el resto de su brazo. La pistola hacía segundos que la había expulsado con rabia de su diestra.
-Cariño?..Pero qué coño has hecho Diego, joder!No te mueras, mi amor, no te mueras. Lo siento. Voy a cambiar, he aprendido la lección. Ya no volveré a ser el imbécil de antes, ese Diego se ha muerto, mi vida. Me convertiré en el amante que siempre deseaste tener en tu lecho…Cariño???Ca…???Noooooooo!!!!!!!!!!
Eva murió en los brazos de su marido antes de que éste acabara de terminar su alegato de arrepentimiento. Diego, destrozado, continuó llorando, esta vez a lágrima viva. A los pocos segundos logró calmarse. Dirigió la vista hacia el arma, se levantó, la cogió del suelo, y se descerrajó un tiro en plena sien derecha. Su cuerpo recién muerto cayó sobre los restos de Eva. Una foto de ambos cuando eran novios, fiel documento gráfico de la felicidad que un día tuvieron, ahora salpicado con la sangre de los dos cónyuges, quedó como único testigo del trágico final de dos personas que una vez se amaron.

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