martes, 27 de noviembre de 2012

PROLOGO de NO LO LLAMES AMOR



Con esta breve historia quisiera denunciar el maltrato psíquico que algunos hombres sufren a manos de sus mujeres. La inmensa mayoría de ellos no se atreven a levantar la voz y a denunciar sus casos, por miedo a que la sociedad no sólo no les comprenda, sino que incluso los señale con el dedo de lo políticamente incorrecto, por no hablar del posible riesgo de verse sometidos a una autentica lapidación social por determinados sectores de la opinión pública, afines al anacrónico y desenfocado feminismo de la igualdad que impera en nuestro país, a los que les costaría mucho creerse la veracidad de sus desgraciados testimonios. Este es el triste final de dos personas que una vez se amaron, Diego y Eva.

Diego y Eva son un joven matrimonio de treintañeros malagueños que vive en un modesto piso alquilado de dos habitaciones en el centro de la capital malagueña.
Diego es un atractivo y frustrado comercial de una compañía de seguros enamorado hasta la médula de su mujer, desde el día que la conoció por casualidad en un bar de copas del Centro Histórico de Málaga. Gran persona, tiene una concepción del amor totalmente equivocada, ya que lo que siente por ella le ciega y le imposibilita ver las continuas humillaciones y faltas de respeto a las que ella le somete, sin darse cuenta que, con esa actitud permisiva lo que hace es pisotearse su dignidad y faltarse al respeto una vez tras otra. Para él todo tiene justificación y nunca culpa a su mujer de los excesos verbales que ella tiene para con él. La ansiedad y el estrés que sufre a veces por su trabajo le hacen tener trastornos alimenticios que le llevan a padecer exceso de peso, y que lo afean ante los crueles ojos de su señora. Diego es un dependiente emocional en toda regla. Habría que recordarle a Eva que la belleza está, precisamente en los ojos de quién la mira.

Eva es una guapa monitora de fitness, de aspecto físico espectacular para los cánones de belleza que mandan sobre los gustos, mayoritariamente heterosexuales y por tanto, masculinos, de principios de siglo XXI. Imaginen a cualquier mujer, de cualquier portada, de cualquier revista masculina de actualidad, y tendrán el prototipo de Eva.
Fría, calculadora y manipuladora como pocas en su género, es al mismo tiempo soberbia, orgullosa, egoísta y materialista. Todo lo contrario de lo que un buen hombre merecería en su vida. Para ella el amor se mide en euros, y no hay nada más importante en su insulsa existencia que el maldito parné. Hace tiempo que dejó de querer a su marido, y tampoco podría decirse que le tenga cariño. Más bien siente por él desprecio, y en ocasiones hasta le odia porque pensó, cuando hicieron planes de vida en común, que iban a correr distinta suerte económica. Si hubiera sabido que a menudo tendrían dificultades para llegar a fin de mes, ni en su peor pesadilla se habría casado con él. De hecho, ni se habría tomado aquel primer café en una famosa terraza de Puerto Marina…

Este es el prólogo del relato con el que me presento al I Concurso de Relato Breve del Ayuntamiento de Rincón de la Victoria. 
Quisiera dedicar esta pequeña obra a todas las personas que alguna vez se emocionaron al leer un escrito de Antonio Briceño. Para todos vosotros, con todo el amor del mundo.


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